Invítame a desdoblar acordes en la noche

Era Domingo y había dos opciones: Cabezones en The Roxy Live o Massacre en Groove. Pero como era víspera de feriado, estaba permitido hacer las dos, además Cabezones iba a tocar a las nueve de la noche y Massacre a las dos y media de la mañana. Era una combinación imposible de rechazar: por un lado la oscuridad poética de Andino, en el marco de la presentación en Buenos Aires de su nuevo disco Nace, y con el plus de ver a la nueva formación de la banda. Por otro lado, la desfachatez sensualmente rockera de Wallas junto a sus secuaces.

Apenas media hora después de lo pautado Cabezones estaba en el escenario. Primero aparecieron los músicos, y segundos después llegó Cesar Andino; vestido íntegramente de negro, el pelo de color rojo oscuro, con un caminar lento y consistente, sosteniéndose con sus muletas. Al verlo pensé “ahí está, entero y a pedazos”. Pero esa pequeña emotividad se desvaneció cuando empezó a cantar y le dio al público ese rock oscuro y sensible que estaba esperando.

Si al escuchar Nace se abrieron nuevas puertas y surgieron nuevas musas, al verlos en vivo se produjo la materialización. Todo como producto de nuevos integrantes (más jóvenes que el único miembro original de la banda): Damián Gómez (batería), Eugenio Jauchen (guitarra) y Martín Pirola (bajo). Sostuvieron los sonidos nü metal con precisión, potencia y energía, como si siempre hubieran estado juntos.

Durante toda la noche flotó en el aire un aura de renovación mezclada con flashbacks, a los que se sumó el coro de todos los presentes y un pogo sutil de quienes estaban frente al escenario. Pasaron las canciones: “Comenzar”, “Pasajero en extinción”, “Mi pequeña infinidad”, “Inmóvil”. “Sueles dejarme solo” y “Persiana americana”. Los elegidos del último disco para hacer en vivo: “Lucha de gigantes” de Antonio Vega (canción a la que Andino se refirió como “un tema que escuchábamos cuando vivíamos en un departamento en México y estábamos llenos de sueños”), “A través de tus ojos”, y “Cuando todo termine”.

En cuanto al público había muchos que estaban más cerca de la edad del cantante que de la de los músicos, gente que conocía la poesía depresiva de la banda desde que abrieron sus alas y se expandieron por Latinoamérica. Estaban ubicados en los sillones y las mesitas a ambos extremos del lugar, y también de pie frente al escenario. Por mi parte, después de pedir una cerveza me ubiqué, junto a mi acompañante en este rock tour de Domingo, en una de las mesitas a unos seis metros de las tablas, donde se veía perfectamente toda la performance de la banda (a sabiendas de que la noche iba a ser doble).

Cesar, por su parte, no escatimó en agradecimientos: al público presente, a quienes lo acompañaron durante sus momentos oscuros, y hasta a su abogado. No se privó de “bromear” acerca de su estado: “cuando empecé tenía un sueño, ser el mejor cantante de la Argentina, y ahora soy el mejor cantante… discapacitado del país”.

En el cierre el punto de emotividad llegó a lo más alto: la voz de César se quebró al decir “me hicieron pasar una noche maravillosa” transmitiendo agradecimiento y redención ante la gente y ante sus músicos. Luego se fundió en un abrazo con sus compañeros para luego irse lentamente y dejarlos tocando. Para cerrar subió en potencia la batería y se acoplaron la guitarra y el bajo para terminar de la misma manera en la que habían empezado: sólo los músicos sobre el escenario haciendo vibrar The Roxy.

Ya terminado el show fuimos hacia la salida y nos cruzamos con un chico del staff regalando pósters de la banda. Cuando llegamos al entrepiso sonaba “I was made for loving you” de Kiss, y unos cuantos bajamos cantando. Una vez afuera paramos un taxi que nos llevó hasta el próximo destino. Eran poco más de las doce y Massacre tocaba mucho más tarde. Una buena manera de hacer tiempo eraMcCenando.

Cuando se hizo la hora fuimos a Groove. Una vez adentro, nos escabullimos hasta el escenario (un poco al costadito, para no tener la valla en las costillas). La gente estaba entretenida con el show que daban los payasos en medio de la pista, al que luego se sumaron chicas que se trepaban en telas hasta el techo. A sus espaldas: el escenario, apenas iluminado por una pantalla que mostraba el flyer de la noche “Fiesta Clandestina: Massacre y Eterna Inocencia”. Los stages iban y venían, afinaban las guitarras, regulaban el audio y daban los últimos detalles a esa estética enmarcada entre skates y muñecos bebés.

Finalmente subieron Wallas y compañía y empezaron a escucharse explosiones de rock. El lugar estaba lleno, la gente apelmazada en la pista, con dos acordes todo se transformó en un mosh constante. Después del último acorde de “Sembrar, sembrar” Wallas saludó a la gente con un “Hola amores de mi vida”, y las chicas gritaron. Me llama la atención cómo las mujeres adoran al cantante, y me pregunté ¿por qué será? ¿Por su forma de vestirse? (Calzas de leopardo, camisa escocesa, remera negra y gorrito piluso.) ¿O por la forma sensualmente femenina en la que se mueve sobre el escenario? Sí, es así, Wallas se mueve como si fuera una “linda mina”: posa mientras canta, camina como una colegiala, y, por supuesto, hace caritas y juegos a distancia con el guitarrista.

El rock se detuvo únicamente para los mini monólogos del cantante, en los cuales se refirió a la Fragata Libertad, al fin del mundo y al supuesto colapso del planeta: “agradezco al planeta que todavía no nos haya mandado a la mierda”. También criticó el sobreprecio en el merchandising de una banda extranjera que tocó días atrás. Pasaron “Querida Eugenia”, “Llena de fe”, “Tengo captura”, “Tanto amor” y “La virgen del knock out”.

Poco antes del final apareció entre la multitud, para poguear como uno más, Agustín Rocino (baterista de Catupecu Machu), quien se ganó algunos gritos de histeria femenina y unas palabras de Wallas “te quiero Rocino, pero Catupecu y Massacre son igual de putos”. Finalmente, el cierre se dió con “Plan B: anhelo de satisfacción”, coreado, saltado y gritado por absolutamente todos.

Todo el rock de los Massacre se vió levemente opacado por la acústica del lugar: sonaba a show en vivo grabado de la radio en un cassette viejo. La voz era muy poco nítida (los advenedizos la deben haber pasado mal, no deben haber entendido ni una letra), y todos los instrumentos sonaban uno sobre el otro. Pero la gente no paró un segundo. Y los autores de Ringo tampoco.


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