Seis historias breves acompañadas por Slash

O seis baladas de Rock para un tiro en la nuca.

Saúl Hudson a.k.a. Slash es mundialmente conocido por su virtuosismo mágico con la Guitarra, también por esa galera con rulos. Puede que el nivel de sensibilidad de sus baladas varíe de una versión a otra, pero las imágenes mentales, las historias y escenas que acompañaron tienen en común un hilo emotivo. Sabemos que no solo en carreteras al infierno vive el hombre, también se hace presente en paisajes grises y sombríos con sus órganos internos en una mano y un arma en la cintura, por si la desazón es muy fuerte y es necesario un balazo a la Fight Club para hacer desaparecer todo lo perjudicial para la salud emocional. De todas formas, el inglés de la galera te puede cortar en pedazos con las cuerdas de su guitarra, ya sean de nailon o metálicas.

I.

Son las diez de la noche, estoy sentada en el asiento detrás del conductor. Afuera hay un viento frío que me obliga a llevar el pañuelo puesto para no congelarme el cuello al salir. El auto avanza por Panamericana y escucho Starlight con mis auriculares. Me gusta escuchar ésta canción como si fuera un mantra para saber que todo va a estar bien, para calmar la intensidad de la tormenta interna. Una vez me preguntaron cómo venía de la neurosis y respondí “bien, no me gusta tenerla, pero bien”, “tenes que tener un mantra para bajar un poco” contestaron. Encontré un mantra en Starlight por cuestiones obvias: Oh starlight, don’t you cry, we gonna find the place were will belong. Más allá del misticismo rocker, la canción me genera un paisaje de otoño en el que Myles Kennedy se sienta al lado de una chica, en un banco de una plaza, y le provoca un frío de dementor. Luego, mientras ella camina sobre su destino él le canta al oído como una especie de Nick Casidecapitado. A lo lejos: una luz acompaña la escena con destellos audiorítmicos.

II.

Una despedida. Él está a punto de embarcar, ella llora desconsoladamente. Él elige el sueño personal, volar con la tormenta perfecta que le dará el viento en los hombros para llevarlo a la cima de su carrera. Viaja rumbo a su primera presentación en una entrega de premios internacional, después de ahí comienza una gira mundial de dos años en la que apenas tendrá los pies sobre la tierra, pero no le importa, él sabe que nació para volar. Toma su cara con ambas manos y le dice mirándola a los ojos que en su casa quedaron un montón de cosas que en poco tiempo podrá vender por miles de dólares, porque el ya será una estrella consagrada. Espera que eso le alivie el dolor pasado el tiempo. La abraza y camina hacia la puerta de embarque. A mitad de camino da media vuelta y le dice: I can feel it coming. A perfect storm is rising. I gotta say my last goodbye. Hace una reverencia y retoma su camino. Ella sube a su auto y pone Bent to fly a todo volumen.

III.

Un amor apocalíptico no solo tiene rastros de peleas interpersonales, también hay tiene rastros de las luchas intrapersonales que se tienen cuando te miras al espejo y no sabes dónde estás ni como llegaste. Una contienda interna marcada por un antes y un después de una rehabilitación. Tu victoria personal fue ese momento en el que miraste al diablo a la cara y le dijiste que se quede con su parque de diversiones de drogas y alcohol y le revoleaste la tarjeta VIP en la cara. Ahora, cada vez que tocas los acordes de Not for Me con tu guitarra te emocionas, porque te interpela de principio a fin.

IV.

Cuando las cosas están un poco grises y te reencontrás con esa persona que te movió el piso como nunca antes en tu vida es probable que después te pongas a escuchar Gotten, porque la voz de Adam Levine le pone el matiz sutil y sensible que la canción necesita, más aún cuando dice: I’m out of love but I can’t forget the past/I’m out of words but I’m sure it’ll never last. Su voz es como una pluma que después de volar alto terminó bajo una estruendosa lluvia. Todo parece un reencuentro en medio de una enorme multitud, seguido de una charla apenas distante de la misma, en la que el protagonista se encuentra congelado por el remolino de emociones que le provoca estar frente a esa persona del pasado. Tiene algo que decir y alguna vez esperó un último milagro pero ahora que sabe que la oportunidad puede estar delante de sus ojos no está tan seguro como antes. Hay una mueca de dolor/miedo/tristeza que puede verse envuelta en un intento de liberación desde lo ajeno hacía lo personal. Por otro lado, parece que los músicos, incluido el guitarrista estrella, están rodeando esa charla entre dos personas generando el efecto de banda sonora instantánea. Los acordes finales acompañan el dolor de cualquier intérprete real.

V.

El francotirador se encuentra en medio de una tormenta de arena en la terraza de un edificio que está rodeado por sus enemigos. Llama a su esposa y le dice que está listo para irse a casa. Apenas logra escapar de la locación le pegan un tiro en la rodilla que lo hace caer, comienzan a volar tiros por todos lados. Silencio. La tormenta cubrió todo. A la mañana siguiente, un niño ve todos los cadáveres tirados por el piso, camina unos pasos y se encuentra con un detonador del tamaño de un lápiz labial, lo agarra mira la muerte a su alrededor y decide poner su pulgar en detonador. Una lágrima cae de su ojo izquierdo, acciona el artefacto y un edificio se derrumba sobre él. Oliver Queen deja el arco en un sótano de Starling City y escala una montaña para batirse a duelo con Ra’s Al Ghul. Éste último, sin armas en mano logra desarmar al ex multimillonario para darle una muerte de fatality clavándole una espada en el pecho. Chris Kyle no murió en el campo de batalla, no tuvo la muerte épica que le hubiera dado la interpretación de Stallone en la gran pantalla. Abandonó la guerra para salvar su matrimonio, pero nada pudo salvarlo a él de morir en un campo de tiro. Dicen que el último mensaje que envió fue “éste tipo perdió la cabeza”. Oliver Queen no murió después del duelo con el gran Ra’s Al Ghul, siguió vivo para darnos malos capítulos y volver a enfrentarse a La Cabeza del Demonio, porque una muerte no le basta. La batalla interpersonal que ilustra Battleground tiene los dos componentes de los sujetos nombrados anteriormente: el francotirador que perece casi irónicamente en el campo de batalla y es fulminado por un ajeno. El niño que ve muerte y destrucción y sabe que sólo más destrucción le dará un final a todo. Otro francotirador que perece a manos de quién intentaba ayudar. El superhéroe masoquista al que una muerte no le basta. El enemigo perfecto que utiliza tus propias armas en tu contra. Porque al final de todo, quiérase o no, cuando una relación termina una persona termina sangrando en el suelo y la otra herida en la oscuridad.

VI.

Él está sentado en el living de su casa, en unas horas tiene que ir a tocar al bar de un amigo y todavía no armó la lista de temas. Toma una ducha para despejarse. Cuando sale, se para en la puerta del baño y ve que por la ventana entra el sol de las cinco de la tarde y se acuerda que a esa hora siempre iba a merendar con su ex pareja al Starbucks que está a la vuelta. Se bajonea. Va a la habitación para cambiarse y sobre un mueble ve la encomienda de tintas para tatuajes que él nunca fue a buscar después de que se separaron y se bajonea un poco más. Después de dos meses todavía lo extraña, se pregunta dónde vivirá ahora, si habrá hecho ese viaje a Nueva Zelanda que tanto quería hacer, no lo sabe, no sabe nada. Lo siente tan distante, como si se hubiera ido a vivir a otra galaxia, pero aún conserva las esperanzas de volver a encontrarlo. Son las siete de la tarde y retoma el trabajo de armar la lista de temas . No se siente con las fuerzas necesarias de tocar sus propios temas, siente que le falta algo, es la primera vez que va a tocar sin tenerlo a él en el público. Finalmente, logra sentirse mejor se decide por los temas y arma una lista sólo de covers, cree que es lo mejor y le va a dar una buena máscara para esa noche. Son seis temas y el último es Far and Away.

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