Una deidad real en Buenos Aires

Slash feat. Myles Kennedy & The Conspirators — Special Guest Duff Mckagan’s Loaded and Gilby Clarke + Coverhead — 7/3/2015 @ Mandarine Park.

Veinte años después de que me regalaron el casette de Use Your Illusion II, tres discos solista y un par años más tarde de que Sam, la serpiente, pasara a formar parte de un zoológico en Nashville, yo estaba en Mandarine Park para ver al señor que en su juventud tuvo más de noventa reptiles en su casa. El legalmente conocido como Saúl Hudson y mundialmente idolatrado como Slash se hizo presente en nuestro país el sábado 7 de marzo de 2015 junto a Myles Kennedy and The Conspirators, con dos teloneros de lujo: Gilby Clarke junto a Coverheads y Duff Mckagan’s Loaded.

La fila para entrar era larga, más que cualquier otra en la que estuve antes, llegaba casi hasta las puertas del Aeroparque. La espera también fue larga, avanzaba unos seis pasos y paraba un rato, lo suficiente para que nadie se diera cuenta el tiempo que llevaba ahí. Adentro empezaba a sonar Gilby Clarke.

Cuando entré Duff Mackgan’s Loaded había empezado a tocar su primer tema, Sick. Así que fui cantando hasta llegar al lugar del show.

El espectáculo fue bueno, con fuerza y con la emotividad de verlo a Duff en acción con su banda por primera vez. Él tiene esa impronta con la que te mira a los ojos esperando a que te derritas, porque está seguro de lo que hace. Loaded es una gran banda, de no saber quién es el rubio que canta también iría a verla, porque es un grupo sólido. Pero voy a destacar sólo una cosa: So Fine, una de mis canciones favoritas de su anterior banda que pertenece al disco azul de 1991. El ex amante del vodka tocó esa canción solo como él sabe hacerlo: con una dulzura fuerte que te acariciaba los hombros para después hacerte saltar un rato y volver a abrazarte, porque él todavía no se explica cómo es posible que seas suya. Ese momento fue coreado, bailado y saltado por todos los presentes. No era para menos, si se tomó el pecho al decir “an leaves a broken man”, como si hubiera sentido los vestigios de algo y luego con el “my friends they always come through for me” parecía que les hablaba a los que estaban ahí, tanto a la gente como a quienes estaban junto a él en el escenario y a quienes estaban en los camarines en ese mismo instante.

Más tarde, quince minutos después de lo planeado, se apagaron las luces del escenario y comenzó a sonar una música digna de un psycho circus maligno. Mientras tanto, los encargados de engalanar la noche se paraban en sus respectivas posiciones: Slash en el centro del escenario y con la luz que lo apuntaba directo a él comenzó a tocar los primeros acordes de You’re Lie, se puso cómodo, se abrió de piernas, las flexionó y al soplar el viento proveniente del río comenzó la fiesta. El público empezaba a saltar. Myles Kennedy entró caminando por la izquierda del escenario y el anfitrión se corrió a un costado para dejar que el cantante se parara frente a la multitud y pueda mirarla directo a los ojos y animarla cómo sólo él sabe hacerlo. Mientras tanto, los Conspirators aplaudían, revoleaban el pelo y arengaban a la gente, jugaban su mejor partido.

Desde el inicio la energía nitro-rítmica no paró dándonos una patada entre los dientes a bordo del tren nocturno, sumados a aviones y la sensación de tener la cabeza en el espacio. Para luego abrirnos camino y quemarnos vivos, quitar todo rastro de santidad y pedir que matemos al fantasma que había que cada una de las almas presentes. Nos paseó por Cali, nos puso una canción de redención en nuestros oídos que nos sirvió para demoler una piedra maldita cuál horrocrux de guardapelo mientras saltábamos y gritábamos. Al final, tras un largo viaje, nos llevó hacía el paraíso.

Con todo y más, el show fue como una enorme pecera en tres dimensiones dónde la luz estroboscópica rompía todos los límites y generaba una conexión automática entre los encargados de dar/hacer el show y los quienes debían disfrutarlo. Ellos estaban ahí dándonos un espectáculo y nosotros estábamos ahí dándoles lo mismo. Muchos bailaban, otros saltaban, algunos acompañaban el ritmo de la batería con sus propias manos. Otros tantos simplemente contemplaban a la distancia. Sumados a chicas que cuando en la pantalla mostraban a Myles decían “no puede estar tan bueno”. También había niños con galera y madres que acompañaban a sus hijos pre-adolescentes con la remera de Slash y mirando desde el borde la multitud. Además, había padres bailando con sus hijas. Y niños de unos cuatro o cinco años, cerca del escenario, que estaban sobre los hombros de masculinos que agitaban sus pequeños bracitos a más no poder.

Por mi parte, bailé con Mr. Brownstone, Rocket Queen y Slither. Salté, grité, aplaudí y sacudí la cabeza hasta sentir el cuello como si estuviera formado con Leggos. Me sorprendí con las versiones que hizo Todd Kerns de We’re All Gona Die y Welcome To The Jungle. En especial con la última, porque la bienvenida a la jungla no es para cualquiera, ya que es difícil despegarla de imagen de Axl Rose, además tiene el poder de una aplanadora con las vibraciones de un taladro en pleno asfalto, si no está bien interpretada puede parecer una chica histérica que se acaba de pelear con el novio y está a los gritos en el medio de la calle. Pero el canadiense la rompió, no había nada que objetarle, hizo que la ausencia de la iguana y el colorado, respectivamente, no se sintieran para nada, pasó las canciones por su propio filtro y se apropió de ellas. Más tarde, lloré con Fall To Pieces y Starlight. Para la primera estaba lejos del escenario y quería ver todo más de cerca, así que me acerqué lo más que pude y cuando encontré un buen lugar me quedé ahí. Quería contemplar como la voz de Kennedy se apropiaba de una historia de desarme y desintegración mientras que el fanático de las serpientes permitía un escape al dolor con sus acordes. Verlo cantar en un cuclillas al borde del escenario, mirando y señalando a la gente hacía que toda la historia fuera más real, porque después de todo ¿Quién no sintió que se caía a pedazos alguna vez en su vida? Por otro lado, con Starlight la primera sensación fue de sorpresa, porque no esperaba que la toquen, ya que la noche anterior tocaron Bent To Fly del nuevo disco. Ésta vez el frío de dementor se transformó el viento de la costanera que me daba directo en la espalda y me hizo ponerme la camperita que llevaba atada a la cintura y subir la capucha, pero no me quitaba los recuerdos felices, al contrario, creaba un patronus sinestésico que me hacía disfrutar del momento a través de la emoción de mis propias lágrimas. Después de todo, era tan sólo una chica que estaba escuchando en vivo su balada favorita.

Pasada la emotividad llegó el momento de adrenalina dónde todos coreamos “I think it’s time to set this world on fire” y el líder de Alter Bridge demostró una vez más sus habilidades para manejar al público a su antojo. Luego, Slash hizo de las suyas tocando con la guitarra acústica de su doble mástil el coro del público “ole, ole, ole, Slash, Slash”. Era como si se alabara al público con su virtuosismo y también se autoalababa a él mismo, porque, vamos, estaba tocando su propio apodo con su propia guitarra para todos los presentes, ahí había un doble juego de placer. Luego, tocaron Anastasia, mi tema preferido y mientras ellos demostraban sus virtudes arriba del escenario yo me comía un sanguche, porque señores eran más de las diez de la noche y tenía hambre.

Más tarde, llegaron los golpes previos al knock out: Sweet Child O’ Mine y Slither. Terminaron de tocar, Saúl dijo “Buenos Aires, muchas gracias” y se fueron. Pero sabíamos que no terminaba ahí.

Volvieron y trajeron con ellos a Duff Mckagan para tocar It’s So Easy, uno de esos temas que te arranca las piernas. Pero faltaba alguien más, Gilby Clark quién subió para el último tema y para hacernos vivir unos de los momentos más hermosos de la historia con unas pequeñas peripecias antes de empezar: apenas subió Gilby Slash se puso a hablar con él y la gente empezó a corear “Guns N’ Roses, Guns N’ Roses”, vaya uno a saber qué le dijo para que el anfitrión levante los brazos contento. No sé si habrá escuchado el coro, porque apenas se distinguía. Cuando ya era notorio, los Conspirators empezaron a agitar y Myles aplaudía por lo bajo. Arrancó el quilombo y el placer de ver y estar era mutuo, ellos por vernos disfrutar tremendamente, nosotros por verlos felices, y lo más importante por tener a Slash, Duff y Gilby juntos haciendo un tema de los GNR. Cuando caí en la cuenta de lo que estaba presenciando sentí como la energía del lugar entraba por mis dedos, recorría mis brazos y se me ponía la piel de gallina. Lloré, otra vez, porque era como si hubieran vuelto. Era encontrar una figurita más para ese álbum de la infancia incompleto, pero mejor, porque era en vivo y yo estaba ahí viviendo lo que días después sería la noticia que recorrería el mundo. Estuve ahí para ver a Slash chocando con Clarke (que con esa camisa a cuadros parecía una señora), verlo corear junto a D.M. Verlo a éste último pararse al lado de Kent y jugar como dos nenes, verlo a G.C. moviendo de aquí para allá para no perder protagonismo. Faltaba que entre Axl corriendo. No voy a caer en el cliché de “Por Slash/GNR aprendí a amar la música”, pero honestamente le debo a los Guns N’ Roses muchos de mis recuerdos felices de la infancia y esa noche estuvieron presentes muchos de ellos.

Esa noche fue una Gran Noche con todas y cada una de las letras. Disfruté desde el primer segundo que estuve en el predio hasta el último. Cada uno de los músicos, a su manera, fue el encargado de que eso suceda. Ya hablé de Duff Mckagan’s Loaded y también de Myles Kennedy. Ahora les toca a The Conspirators: son unos niños jugando a lo que más les gusta, con una sincronía asombrosa entre sus colegas. Tienen un goce constante con la música y a su vez saben cómo destacarse en lo individual sin necesidad de opacar al otro o hacer el ridículo.

En cuanto a Slash, el anfitrión, el negro, el ruliento, la galera antigravedad fue hermoso poder verlo saltar, correr, saltar de costado, pisar al ritmo de la música, pararse en una esquina, en la otra, al medio, hacer esas caras horrendas que hace cuando se concentra en un solo de guitarra, ver ese piercing en el pupo que le queda medio desaliñado, porque ya está grande y medio puto a la vez. Pero lo mejor de todo fue escucharlo y emocionarme de diferentes formas durante dos horas y poder contemplar con los cinco sentidos que ese Dios Erótico de la Guitarra es real y se emociona con el amor de su público, porque Saúl Hudson es una deidad real. Tan real que nos dice “we will see you very soon” y le creemos y lo esperamos.

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