Ansiedad

I

Crucé la calle y estabas ahí esperándome como antes. Me acerqué a saludarte y se te apagó el encendedor con el que querías prender el pucho. Sonreíste y me diste un “Hola” dulce. Miraste el encendedor de nuevo y lo tiraste a la basura. Me alegré de volver a verte, pero no me animé a expresarlo.

Entramos a nuestro bar histórico. Nos sentamos en una mesa lejos de la puerta, vos de espaldas a la salida, yo de frente. Pedimos la carta y la miramos unos instantes sin decirnos nada. Pasó un rato y se nos acercó el mozo. Vos tenías hambre, pediste un tostado y una Coca. Yo estaba algo nerviosa, no me entraba nada en el estómago y pedí un agua sin gas.

Me preguntaste qué hacía de mi vida, si tenía algo para contarte. Lo único que tenía para contarte es que estaba leyendo mucho y escribiendo poco, como siempre. Pero lo que no te quería contar era otra cosa: qué te extrañé durante todo este tiempo, qué pensé en llamarte para saber cómo estabas (aunque sabía que no debía), qué mi sistema nervioso cambió por completo y ahora vivo con una ansiedad galopante. Pero por vergüenza no dije nada.

Pasamos un rato largo hablando de banalidades, me cargaste más de una vez, porque antes tomaba vodka y ahora estaba tomando agua. Me contaste que hace unos días viste Guardianes de la Galaxia y aproveché para hablar del tema Marvel. Se hicieron las ocho menos cuarto de la tarde y ya era casi de noche, miraste el reloj de tu celular y me dijiste “te tengo que contar algo importante”.

II

Eran las cinco y media de la tarde y vos no habías llegado. Metí la mano en mi bolsillo derecho y saqué el paquete de cigarrillos con el encendedor adentro. Mientras el semáforo daba verde y los autos intentaban andar a la velocidad de la luz yo intentaba prenderlo. Hace seis meses que había dejado de fumar, pero hoy estaba nervioso y lo único que tenía a mano para calmarme era eso. Intenté prender el pucho varias veces, pero no pude. Cuando por fin parecía que lo iba a prender la llama se apagó de la nada, levanté la cabeza mientras puteaba por dentro y vos estabas justo delante mio. Tenías una sonrisa burlona en la cara, te miré unos segundos y me quedé atónito, estabas hermosa. Lo único que me salió decirte fue un “Hola” tímido y muy simple.

Fuimos al bar que a vos te gusta. Te miré en detalle mientras te ponías del otro lado de la mesa y te acomodabas el suéter gigante a rayas que tenías puesto. A vos te quedaba como si fuera un vestido. Estabas flaca, flaquísima, mucho más que hace tres años. Yo había salido del laburo y tenía hambre así que pedí un tostado y una Coca. Para mi asombro, vos te pediste un agua, nada del vodka de antaño.

Te pregunté qué andabas haciendo y con cara de póker me respondiste “Lo de siempre, leyendo mucho y escribiendo poco”. No podía creer que después de todo éste tiempo sin vernos no me cuentes nada, ni siquiera uno de tus trasnochados viajes cuando salías de algún recital. Pasamos una hora y media hablando de pavadas, de Ventura que ganó el Quini, de los aviones que se vienen cayendo hace tiempo. Te hice varias veces el chiste de “te confundiste de botella, es agua no vodka ¿no te va a caer mal?”, para que me contarás algo tuyo, algo nuevo, pero vos te reías fríamente y no decías nada de nada. Me acordé de que había visto Guardianes de la Galaxia y te lo conté, empezaste a hablar de Marvel y casi se hizo de noche, pero no me contaste nada de vos. Parecías otra. Miré el reloj de mi celular y te dije “te tengo que contar algo importante”.

III

Me contaste que te vas a España en dos meses por laburo. Me habías citado ahí porque pensabas que podía trabajar con vos. Me contaste con pelos y señales todas de qué se trataba. Al final no estabas ahí ni para pedir perdón por haberme cagado con una pendeja que conociste Niceto, ni para decirme que me extrañabas, ni siquiera para darme una puta explicación de todo.

Tenía ganas de llorar de la indignación, pero me tragué todo. Aguanté y puse mi mejor cara de póker. Me costaba, porque tenía un tornado en el estómago de los nervios y un tsunami en la cabeza, porque me sentía una tonta por haberte extrañado durante todo este tiempo, porque me sentía una tonta por pensar que estábamos ahí porque te habías arrepentido de tus cagadas.

Mantuve la cara de póker lo más que pude. Miré mis manos apoyadas en mis piernas y empezaban a temblar. Después de un silencio larguísimo pedí otra agua y tomé un poco. Miré por la ventana y cuando me preguntaste qué opinaba, si iba aceptar o no, te respondí “No puedo, no me convence y no quiero volver a estar cerca tuyo”.

Salí del bar y no me tomé el primer taxi que vi. Me largué a llorar de la indignación.

IV

Te conté la propuesta laboral que me había surgido afuera. Si bien era verdad, en realidad quería demostrarte qué estaba dispuesto a empezar de cero. Irnos a vivir a otra parte me parecía un buen comienzo. Pensé que me ibas a entender, porque siempre supiste leerme y entenderme, creí que ésta vez iba a ser como antes. Estaba arrepentido, muy arrepentido por todo. Me costó encontrar una forma de arreglar las cosas.

Sin embargo, vos tenías una cara de póker tremenda. Se notaba que no te importaba nada. Estaba frente a una desconocida. Empecé a sentir un dolor de cabeza muy fuerte y me empezaron a doler los ojos. Vos mirabas a la calle y a la mesa con un desaire asqueroso. No nos dijimos nada durante un momento que pareció cercano a la muerte. Me atraganté con un montón de pedidos de disculpas que me dejaron mudo. Pediste un agua y tomaste un vaso. Tu cara cambió un poco. Pensé que ibas a aceptar y te pregunté qué opinabas. Me respondiste “No puedo, no me convence y no quiero volver a estar cerca tuyo”.

Te levantaste y te fuiste como si nada. No quise ver cómo saliste por la puerta.

V

Llegué a casa, me acosté y me dormí después de llorar. Al día siguiente, lo primero que hice fue bloquearlo de todos lados.

No quiero saber más nada de él.

VI

Me acosté a dormir y no pude hasta entrada la madrugada. Al otro día me desperté tardísimo. La llamé varias veces, pero siempre me saltó el contestador. Cancelé el viaje a España.

Espero volver a verla.

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