Anestesia

Dame un abrazo suave.

Hoy a las 14:30 tenía turno para hacerme una endoscopia. Llegué a la clínica poco antes de las dos de la tarde, hice el papeleo y me senté en la angosta sala de espera de terapia intensiva, frente a la escalera y el ascensor. A mi izquierda tenía otra sala de espera un poco más deprimente, llena de gente cabizbaja y niños berrinchosos. A mi derecha una puerta de vidrio con un cartel que anunciaba “Habitaciones 207 a 212”. Mi vieja, que fue en misión de acompañante, señaló el cartel y me dijo “ahí naciste vos, habitación 208”, “bueno, por lo menos no vuelvo para morirme”, pensé, pero no se lo dije. Charlamos un poco de esto y aquello y se hicieron las dos de la tarde. Nos reímos de cartel de evacuación de incendios (porque era tan chico que en caso de un siniestro para cuando lo terminabas de leer seguro ya se había incendiado todo el edificio). Después intenté conectarme a Twitter, pero no pude 0 WiFi y 0 3G. Así que no se me ocurrió otra cosa que sacar una foto al piso blanco con mis chatitas negras.

Al ratito, una enfermera con voz amable y tono de maestra jardinera nos llamó a mí y a otra señora, nos hizo pasar a una habitación de 2×2 y nos dijo que esperemos a que nos vuelvan a llamar. Primero la llamaron a ella. Entonces yo me quedé sola, de pie, en ese cuartito insípido de paredes color gris azulino. Del lado izquierdo se escuchaba un murmullo de mujeres y del lado derecho un cartel en rojo gritaba “AREA RESTRINGIDA — QUIRÓFANO”, en el pasillo había unas cuantas sillas de ruedas que me tentaron a sentarme y andar un ratito, sin embargo no me anime, porque las enfermeras iban y venían. Después, una enfermera muy simpática con modales de tía buena me llamó por mi apellido y me llevó hacía otro cuartito, en el camino se cruzó con otra enfermera que estaba contenta y me hizo acordar a Moni Argento, porque le contó que mañana se iba al teatro a ver a Susana Giménez. La admiradora de Su entró en el ascensor y la enfermera que me acompañaba me llevó, finalmente, a un cuartito más cuartito que el anterior. Ahí había un asiento de dos cuerpos, un tacho de basura con un cartel en la pared que pedía “Señor paciente, tire el material descartable en el tacho”. La enfermera me preguntó la edad y dio un paquetito azul y acto seguido me dio unas breves instrucciones: “te quedás en ropa interior, te ponés la bata, te la abrochás atrás, te ponés las botitas en los pies, la cofia en la cabeza y si tenés dentadura postiza o lentes de contactos te lo sacás”, después preguntó “¿Estás en ayunas?”, “Sí y tengo mucho hambre” respondí. Se fue y me quedé en ese mini-mini-cuartito desvistiéndome y pensando “menos mal que estoy depilada”. A mi izquierda se escuchaba como un flaco bastante gritón preguntaba por un doctor que no recuerdo el nombre, éste último apareció y lo recibió con total alegría. Yo seguía pensando “que embole quedarse mucho tiempo acá, ni siquiera me puedo acostar sobre el banquito”. Volvió otra enfermera, preguntó mi edad de nuevo y me llevo por un pasillo amarillo en el que había dos camillas con dos señoras con las manos cruzadas en la panza. Entré, me subí a la camilla, volvieron a preguntarme la edad, si fumaba, si tomaba alcohol y si me drogaba. Abrí la boca para que me tiren Xylocaina y la enfermera dijo “mmm, mmm, te vas a tener que sacar el piercing”. Me senté y me saqué el arito de la lengua. Ella me acercó un guante para que lo ponga ahí, hizo un nudito y lo ató en la cintita roja que tengo en la muñeca. Luego me pincharon el brazo izquierdo (justo al lado de dónde días atrás me habían pinchado para sacarme sangre), me pidieron que me ponga de costado doblando las piernas, me pusieron ese cosito que te ponen en el dedo, como en las películas, el cablecito de oxígeno en la nariz, me pidieron que muerda otro cosito con un agujero grande en el medio y lo último que recuerdo es el doctor vestido de blanco poniéndose los guantes.

Me dormí sin darme cuenta. Soñé que estaba en una oficina de vidrios amarillos, abría una puerta y me encontraba con una chica rubia con falda gris y remera amarilla grisácea revisando un fichero, también amarillo. Le pregunté “¿Qué estás haciendo?”, “El señor Matt Murdock está realizando una investigación y lo estoy ayudando”. Cuanta formalidad, señorita Karen. Di unos pasos y se abrió otra puerta, del otro lado me llamaron por mi nombre.


Me desperté, una enfermera con voz de nena buena decía mi nombre y me pedía que me acomode en la camilla con las manos arriba de la panza. Creo que le pregunté “¿A qué hora puedo volver a comer?”, como buena gorda. Me respondió “Más tarde” (entendí “Más tarde a las siete de la tarde”) y me sacó del quirófano. Bajo los efectos de la anestesia, pensaba “¿Qué estará investigando Matt Murdock? ah, yo quiero saber, me voy a volver a dormir, porque quiero saber”. Giré la cabeza para la derecha intentando dormirme de nuevo. No pude. Los sonidos de ambiente empezaban a aclararse, me di cuenta de que estaba en el pasillo y empecé a escuchar como iba y venía la gente. A los pocos minutos sacaron a otra señora de otro quirófano y le preguntaron cómo se sentía, ella respondió “Muy bien, qué lindo, si la muerte es así es re linda”. La enferma ser rió y dijo “no sé cómo es la muerte y espero no experimentarla en mucho tiempo”. Ambas rieron. Mientras volvía a mi estado de consciencia me daba cuenta de mis manos entrelazadas sobre mi abdomen, la cinta con gaza en el brazo izquierdo y el piercing ¡no tenía el piercing! En una mezcla de paz y sueño empecé a mover la lengua arriba y abajo. Pensaba “espero que no se me haya cerrado, espero que no se me haya cerrado”. Ese pequeño gesto de ansiedad se apagó al instante cuando recordé que enfrente estaba el local de piercings y creí que si le decía al muchacho que atendía “acabo de salir del quirófano por un estudio y se me cerró el agujero del arito” me iba a hacer un importante descuento. Me quedé un rato con los ojos cerrados y cuando estuve lo suficientemente despierta me incorporé e intenté desatarme el guante que me habían atado en la cintita roja con el arito dentro. No pude. Vi pasar una enfermera y le dije: “¿Me podés desatar esto que me quiero poner el arito de nuevo y no puedo?”. Ella, con voz de tía buena, me respondió: “Ahora no, estás en una camilla, quédate quieta hasta que te avisen que te podes ir”. “Bah, que embole, si ya estoy bien” pensé y me acosté de nuevo. Moví las manos y sentí mi piel suave y comencé a pasarla sobre la pared de azulejos, estaba fresquita, linda, suave, muy suave. Me aburrí y me empecé a tocar la lengua con el dedo índice una y otra vez, no encontraba el agujerito, pero la textura de mi propia lengua también era suave. Miré al costado, vi los quirófanos B y C, giré la cabeza para atrás y vi el A. Las enfermeras iban y venían y me daban ganas de abrazarlas, pero solo me limitaba a mirarlas y sonreírles. Ellas se acercaban y me preguntaban cómo estaba. Yo me sentía el Señor Burns en un campo de flores y para mi propia sorpresa no tenía hambre. Me di cuenta de que tenía la cofia puesta, me empecé a acariciar la cabeza, saqué un mechón y comencé a girarlo, se sentía bien, lindo, suave, con la textura y el largo perfecto, incluso mis dedos tenían el largo perfecto para jugar el mechón. Pasó un doctor cuarentón y me preguntó cómo estaba, lo vi todo vestido de blanco, e incluso con la barba blanca y pensé “que agradable, que tipo suave”, me limité a responder “bien” y seguí jugando con mi cabello. Del quirófano B se escuchaba a las enfermeras preguntándole a un hombre cómo se llamaba y cuántos años tenía. Él les dijo que se llamaba Juan y que tenía 37 años. Al quirófano C entró una mujer, vestida con una bata de papel blanca, hablando con la enfermera y le dijo que estaba de no sé cuántas semanas. Yo seguía en la camilla, miraba alrededor y empezaba a sentir curiosidad por todo. Por los cajones, las cajitas, los tubos, un coso que colgaba del techo, las lámparas, los nombres de las enfermeras, el de los doctores y hasta el de los otros pacientes. Entre tanto y tanto alternaba el tocarme la lengua y rozar mi mano contra la pared o contra mí otra mano. Todo era suave, lindo. Tenía la sensación de que todos ahí eran suaves, lindos y se daban abrazos al entrar y salir de cada habitación.

Más tarde, volvió la misma enfermera que me llevó hasta el quirófano para preguntarme cómo me sentía y llevarme de nuevo al mismo cuartito dónde me había desvestido. Me senté y le pregunté si podía ponerme el arito de nuevo y si no se me había cerrado. Ella respondió: “sí, no creo que se te haya cerrado todavía”. Su voz me pareció dulce y suave como la de una maestra jardinera del turno mañana. Desaté el guante, saqué el arito, estiré la lengua y pasó como si nada. Me quedé un rato mirando el guante y sintiendo lo suave que era. Lo puse en mi mano derecha, lo pasé por el brazo izquierdo y era suave, muy suave. Volvió la enfermera y me alcanzó mi ropa. Me vestí, doblé la ropa descartable cuidadosamente, la puse sobre mi regazo, la acaricié y la sentí suave. Pensé “Me la voy a llevar, porque es linda, suave y azul, y cuando salga quiero abrazar a la enfermera”. Otra enfermera entró cuando ya estaba vestida y me preguntó cómo me sentía, le dije “bien” y le pregunté si me podía llevar la ropa descartable. Me dio el ok y me dijo por dónde salir. Llegué a la puerta del primer cuartito, abrí salió mi vieja y le dije “es re linda la anestesia, quiero abrazar gente”. Cuando salimos de la Clínica escuché como la gente tocaba bocina por algo que me pareció un breve atasco de tránsito y le dije “la gente está loca, paz, loco, paz”.

Llegué a casa, no tenía ganas de comerme un caballo como al mediodía, sí de comer algo suave y chiquito. Fui al almacén con la intensión de comprar bizcochitos, pero vi un paquete de galletitas con la cara de Homero Simpson que me pareció simpático, con lindos colores y fundamentalmente suave, así que la compré.

Puse la pava, abrí el paquete, vi todas las galletitas llenas de colores y las vi lindas, muy lindas. Tocaron el timbre, eran visitas, me preguntaron cómo estaba, les conté lo de la endoscopia y la anestesia y le dije es todo suave, re lindo. Probé mi primer comida en veinticuatro horas y fue suave.

Me acordé de Buzzkill(er), el tema de The Dead Weather, y su “Oh, Lord, forget about me/ I’m doing fine/ Oh, Lord, forget about me/ Let me ride” y la voz de Alison Mosshart me pareció suave, prendí la pc, abrí Spotify y empecé a escucharlo.

Ahora me siento como si hubiera dormido 16 horas de viernes a sábado, pero sin el dolor de cabeza que te deja estúpida de tanto dormir. Es todo suave, con el ritmo perfecto y apenas un suave zumbido en el exterior. Suave, como si no hubiera maldad en el mundo.

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