Una alfombra cadavérica

La ruta se está despejada en los primeros kilómetros. Más adelante, comienzan a aparecer los autos que suben desde colectora o se agregan en los cruces. Manejo tranquila, sin música, pero en mi cabeza suena la melodía de Back to Black. Es temprano y hace frío, necesito tiempo para concentrarme en lo que voy a hacer cuando llegue a destino. Paso por una seguidilla de sauces llorones que ocultan los countries que están del otro lado. Voy por el primer carril, sin ningún vehículo por detrás que me haga luces para ir más rápido, con un camión a varios metros de distancia por delante que no me preocupa pasarlo después de jugar un poco con la caja de cambios. Estoy en mi auto, en mi mundo. Los del segundo carril pasan a mi izquierda zumbando y los del tercero parecen autos como los del Need For Speed. Son otros mundos, otras velocidades, otros ritmos de vida.

Mi ritmo, ahora, es de 80 km/h máximo, eso me permite ver detalles que de otra forma sería muy difícil verlos. Esos detalles son las alfombras exóticas de perros muertos sobre el asfalto. Algunos más frescos y blandos riegan con su sangre una superficie rígida e igual de inerte que ellos. Otros, los que supongo estarán ya hace varias horas, son una mancha oscura que empieza a hacerse amorfa, la cual entiendo que se trata de un cadáver canino por esa punta abierta que antes fue el hocico y ahora son dos líneas que nunca llegarán a encontrarse. De esos detalles el camino está lleno, cada día hay nuevos en el mismo espacio. Lo que más intriga es saber dónde estaban esos perros antes si jamás los vi tan siquiera asomarse. No los vi deambulando ni una de las tantas veces que paso por los mismos lugares a la misma velocidad. También, me intriga saber qué lleva a un animal a cruzar la ruta por voluntad propia cuando del otro lado no hay más que pasto y más ruta. Lo único que sé es que cada día hay uno nuevo, más fresco, más sanguinolento y por alguna razón estúpida me da un miligramo de culpa el pasarlo por arriba como si fuera una diminuta loma de burro. También sé que al caucho que se ensucia con ellos poco le importa, porque ambos son inertes. De todas maneras los veo siempre, más que a las casitas con flores que anuncian que ahí murió una persona.

Manejo por la ruta, sobre una alfombra cadavérica de perros muertos. Al llegar a destino le rasco la cabeza al primer perro que pasa, la melodía de Back to Black se apaga y empiezo mi rutina sobre una alfombra oscura de material sintético.

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