Soñé que te morías

I

Eran las cinco de la tarde y salimos del bar, ese que está en la esquina de una avenida de Buenos Aires, ese al que vos y yo íbamos siempre. Vos estabas a mi derecha, yo a tu izquierda. Caminamos dos cuadras y empezó a soplar un viento fuerte, como el del vídeo de I Feel Love (Every Million Miles). El panorama giró, la escena perdió el color y todo se convirtió en gris. Vos me agarraste del fuerte del brazo para que no cruzara la calle, me dijiste “Esperá, quédate acá, no cruces”. Yo me quería ir, el instinto me decía que me vaya de ahí, pero te hice caso.

De repente todo se puso a negro. No veía nada a mí alrededor, ni siquiera te veía a vos. A mí derecha empecé a escuchar pasos de borcegos a ritmo militar y en cantidad, después gritos de hombres al estilo “Go, go, go” del Counter Strike. A medida que se acercaban pude empezar a distinguir dónde estaba: de derecha a izquierda era zona de guerra en plena noche. Las paredes de viejos edificios estaban bombardeadas, las calles desoladas, ruinas brutales y desarmadas en cada rincón de mi mirada. Vos ya no estabas a mi derecha, sino a mi izquierda. Me sonreíste, te agarré de la mano para irnos de ahí. En ese mismo momento escuché disparos. Dos segundos más y un tipo que parecía de las fuerzas especiales descargó su ametralladora sobre tu cuerpo. Lo miré y vi que no tenía cara. Sus compañeros se lo llevaron, siguieron todos caminando en hilera, ni siquiera me miraron.

Vos estabas en el piso, todo baleado, ensangrentado. Yo daba gritos de terror al aire diciendo “No, no”. Me arrodillé a tu lado, olí el olor a tu sangre y me dieron arcadas. Quise tocarte, pero un tipo me gritó “está muerto, ya no te sirve de nada”. Te miré y en verdad estabas muerto, pero lo peor no era que ya no me servías de nada, sino que ya no podía hacer nada. Sentí un vacío enorme en todo el cuerpo, me dolías en todo el cuerpo, ya no estabas más.

Miré a mí izquierda y era zona de guerra, miré a mi derecha y no se veía nada. Elegí caminar para ese lado. Mientras me alejaba de tu cuerpo ensangrentado, lloraba a más no poder. Los nervios, el dolor, la bronca se anclaron en la boca de mí estómago y provocaron un nudo que no me dejaba respirar, lo único que hacía era llorar. La calle estaba oscura y desintegrada y sola.

II

Me desperté con el mismo nudo en el estómago, aterrada por sola sensación de perderte y no poder hacer nada para evitarlo. Más aterrada al pensar que tal vez podrías morir en un tiroteo. Me senté en la cama y me dieron ganas de llorar, fue un sueño tremendamente real. Todavía sentía en la piel esa sensación de miedo al estar en una zona de guerra. Agarré el celular y busqué tus señales de vida en las redes sociales, todo marchaba normal. Tus amigos no te lloraban y vos interactuabas. Desayuné pensando en que algo malo iba a pasar ese mismo día, pero nos vimos y no pasó nada que me hiciera llorar.

III

Exactamente a la semana nos peleamos. Mí escena de caminar sola llorando por la calle se repitió de una manera asquerosamente igual, tétrica, escalofriante. Llegué a mi casa llorando y me dormí llorando. Desperté al día siguiente como si hubiera sido yo a la que balearon.

Después de eso, todo se convirtió en un campo de batalla: mails, mensajes, llamados, idas y venidas para intentar arreglar lo que inevitablemente había pasado: habíamos terminado. Nos convertimos en una especie de Jack White y Alison Mosshart disparándose a sangre fría como en el vídeo de Treat Me Like Your Mother con las manos ensangrentadas de un amor que ya no estaba.

IV

Hace exactamente un año fue la última vez que te vi. No me hizo falta ningún sueño aterrador para darme cuenta de que no te iba a volver a ver después de ese último abrazo. Hoy recuerdo tus primeras palabras cuando empezó nuestro final: “Pensé que sabías, que te habías enterado…”. Y tengo que confesarte que de alguna manera lo sabía y nunca te lo dije, porque soñé que te morías y que todo había terminado.

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