Presencia

Un relato sobre el vacío.

I

Miércoles por la mañana: Marcos escucha el despertador y abre los ojos. Tantea la mesita de luz en busca de su celular para apagar la alarma. Lo encuentra, la apaga. Se destapa, se sienta en el lado izquierdo de la cama, pone los pies en el piso, mira la pared en blanco y piensa “Bueno, dale, vamos”.

Camina hasta el baño, abre la puerta, entra. Se para frente al inodoro, levanta la tapa, hace pis y se concentra en no mear la tabla. Termina de orinar y mira con cuidado que la tapa este limpia, impoluta e inmaculada. Al ver el blanco intacto dice para sus adentros “qué bueno, qué suerte, qué bien”. Acto seguido corre la cortina del baño y entra en la ducha. Abre los grifos para regular la temperatura del agua, no tiene que estar tibia, tampoco fría, menos caliente, apenas unos grados más que tibia, pero menos que caliente. Busca el jabón, se enjabona el cuerpo, se enjuaga. Busca su shampoo Dove For Men, no lo encuentra. No está. Hace días que no está. Entonces decide que lo mejor que puede hacer es lavarse la cabeza con el mismo jabón que acaba de lavarse el cuerpo. Se moja el pelo, se pasa el jabón, desparrama un poco la seudo-espuma, enjuaga. Hace lo mismo con su barba.

Después de secarse, camina desnudo con la toalla al hombro hasta la habitación. Se sienta al borde la cama, mira el ropero y recuerda que el cesto de la ropa sucia está repleto hace más de un mes. Abre el ropero, a primera vista lo único que ve es un sinfín de perchas vacías. Mete la cabeza, mira para ambos lados y del lado derecho allá al fondo ve una camisa gris. Estira el brazo, la agarra, la huele, tiene olor a naftalina. Como es la única camisa que tiene por el momento decide usarla de todas formas. La sacude un poco y le hecha bastante desodorante.

Termina de vestirse con total parsimonia, se dirige a la cocina para preparar el café. Una vez que la cafetera escupe todo el líquido oscuro, toma dos tazas de la mesada y sirve café en ellas. Luego, abre la alacena, saca el pan lactal que quedó del día de ayer, abre la heladera, agarra el jamón y el queso, que también quedaron del día de ayer, arma cuatro sanguches, los pone en el tostador. Una vez hechos, agarra dos platos y coloca dos tostados en cada uno. Acto seguido, con su mano derecha toma una taza de café, con la izquierda agarra un plato de tostados, deja el otro plato y la otra taza de café recién hecho en la mesada.

Termina de desayunar. Va al dormitorio, levanta apenas la persiana y sonríe al salir. Toma sus llaves de la mesita que está al lado de la puerta. Chequea tener el celular y la billetera. Sale.

II

Miércoles por la noche: Después del trabajo y de juntarse a tomar algo con amigos, Marcos vuelve a su casa caminando para distraerse. Siente el viento en su cara, la sensación en su piel lo reconforta. Escucha como en un sutil vaivén se mueven las hojas de los árboles. El ritmo del viento le anuncia que le falta algo.

Se da cuenta que esa falta es una presencia, una forma de respirar, una mirada, un perfume, unos pasos descalzos en el living de su casa. Es una falta que extraña una ausencia en forma de desorden en su hogar. El mismo desorden que paradójicamente le molestaba ordenar, pero por el cual no ejecutaba denuncia alguna, porque era una manera de pasar un rato más con la causa de ese breve caos.

Mientras camina empieza a llover fuerte. No le importa, sigue. Al cruzar la calle se da cuenta que está completamente empapado. No puede creer que tenga los zapatos llenos de agua, la última camisa que le quedaba limpia, la primera que el hermoso caos le dio en el día de su nombre, hecha sopa.

Saca el celular del bolsillo para mirar la hora, se le resbala de la mano y cae al piso. Hace medio paso para alcanzarlo y sin querer lo patea. El agua movida por el pasar de los autos lleva al teléfono hasta la boca de tormenta. Agachado y en la última posición que puso para intentar rescatarlo, mira con cara de asombro como el aparato se va para no volver.

III

Miércoles a la noche, un poco más tarde: Casi llegando a su casa, después de caminar veinte cuadras bajo la lluvia, piensa que si no hubiera salido con sus amigos a tomar algo no se hubiera empapado y no hubiera perdido el celular. Salió con ellos para olvidarse de ella, o al menos intentarlo, pero eso no pasó. Pensó en ella desde el primer trueno de la tormenta, porque siempre le decía “vamos a casa antes de que se largue más fuerte”. No le gustaban, la asustaban como a una nena de tres años que está sola en su casa durante la noche, a pesar de sus casi treinta años. Desde ese recuerdo su cabeza hizo un click y la catarata de recuerdos no paró. La lluvia tampoco paró en más de tres horas.

Cuando abrió la puerta del departamento todo estaba como cuando se había ido a la mañana. Un café y un tostado en la mesada con aspecto de naturaleza muerta. La persiana del dormitorio apenas levantada. Todo dejaba en evidencia su desorden interno. El aire olía a recuerdos, las paredes tenían marcas de agua de momentos pasados.

Después de ir al baño, sacarse la ropa y los zapatos mojados, fue al living en calzoncillos, se sentó en medio del sillón, agarró el control remoto de la tele y puso un canal de deportes. Las luces de todo el departamento estaban apagadas, la única iluminación provenía del televisor y le daba un aspecto lúgubre a la escena del momento. Cuando se dio cuenta que estaba mirando sin mirar ese programa de cable miró a su alrededor y vio una escena de desolación digna de ser parodiada en cualquier serie estadounidense que muestre a un tipo recién separado. Fue ahí cuando cayó en la cuenta de que ella no iba a volver. Fue ahí donde se dio cuenta que él era un desastre sin ella. Y por el momento no le interesaba arreglarlo.

IV

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