Erotismo en París

Jorge Asís, ‘Dulces otoñales’ (2014).

La novela erótica de Jorge Asís recorre las calles de París con brutal elegancia, inmiscuyéndose en bares, hoteles y habitaciones decoradas de las formas más extravagantes hasta las más descuidadas. Ese «diario» que comenzó a escribirse en un Karnet Klimt es una versión casi maléfica, pero elocuente, de las notas tomadas por el descorazonado Florentino Ariza.

Florentino Ariza en «El amor en los tiempos del cólera» (película).

Rodolfo, el protagonista, es un dandy tántrico con múltiples talentos sociales proveniente del otro lado del océano, quien cuenta como seduce a parisinas de cuarenta años sin el menor recato. Para él, la relación sexual es el punto de arranque de un amorío, pero se mantiene en la posición de un esquivo intelectual argentino que mantiene su pene húmedo al mejor estilo

«Back to Black» de Amy Winehouse. Por otro lado, existe un tributo para la mujer, más que un tributo, una ofrenda: En vez de regalarle flores y bombones, él regala, sólo a quién se lo merece, su mayor tesoro: la eyaculación. Y eso no es cualquier cosa, es algo sagrado, es agua del río Nilo bendecida por sacerdotes egipcios. La parte que preside a la inmaculada eyaculación también es algo muy preciado, y las penetraciones en ciertos casos son descriptas como una forma de arte que requiere ensayo. El sexo aquí es un arte milenario que es descripto con elegancia y una prosa digna de quien escribe para construir una obra de arte formada por pedazos de cuerpos y almas ajenas.

En cuanto a «ellas», existen las otoñales principales llamadas «de la escudería»: Mujeres con particularidades de lujo, ya sea en la cama o fuera de ella: una de ellas es quien lo comprende, lo espera y no le hincha las pelotas compulsivamente para llamar su atención. También existe la otoñal suicida, quien es la más parisina, la misma que reclama algo más que eyaculaciones, porque quiere oficializar al galán. Por otro lado, está la pulverizadora de amantes, la que logra ser dulce pero agobiante, quien tiene solvencia económica e intelectual, y a quién Rodolfo le huye porque tiene temor de convertirse en uno más en la lista de hombres que terminaron en terapia por culpa de ella. Además existe la creadora de las «teorías anales», la come-hombres sensual y mimosa, una versión francesa y femenina de Rodolfo. Por último está una de las primeras otoñales, quién tuvo el placer de ser una de las primeras en formar parte de la escudería, pero sus virtudes la redujeron sólo a eso. También existen otras otoñales que no forman parte de la escudería, pero pasan el tiempo con el dandy, adulan su arte, abren las piernas y se quedan dormidas con su pene en la boca, para luego despertarse y seguir la felación previamente soñada.

Ahora bien, no todo son conquistas en la vida del protagonista. No todas las otoñales lo adoran, ni ven sus desaires bajo el velo del intelectual ocupado o de un workaholic. Existen rechazos que lo ubican en tiempo y espacio, haciéndole saber sus propias fallas y vulgaridades. Llegando al punto tal de ponerlo lado a lado con

Ramsay Bolton en el panel de los cretinos. No todas las mujeres lo veneran y enloquecen por él. Pero, ellas tampoco son perfectas amantes con dones desorbitantes, tienen sus falencias, que son descriptas con abrumante arrogancia para humanizarlas, bajarlas a tierra, romper ese pedestal en el que él mismo las puso y las pondrá una y otra vez en el pasar de cada una de las páginas.

Para cerrar, se puede decir que Dulces otoñales es una oda a las amantes más destacadas de una estación, un diario íntimo del coito con cuarentonas, un recibo/factura literario de aquellos amoríos vividos por un treintañero que sugiere la pregunta: ¿Podrá uno mismo hacer ese recuento prodigioso de amantes por edades dentro de una misma época?

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